lunes, 27 de abril de 2015

Despertar mexicano

Cuando los españoles llegaron a México y vieron la riqueza de nuestro territorio se decidieron a saciar su ambición y saquear los pueblos a como diera lugar, nuestros antepasados, sin dudarlo un momento, salieron en defensa de sus propiedades, de sus tierras, de aquello por lo que siempre trabajaron y se ganaron, Isabel Moctezuma es un claro ejemplo de la resistencia que hubo en esos tiempos.

Cuando los mexicanos decidimos por fin luchar por nuestra independencia de la mano de Miguel Hidalgo, y posteriormente de otros grandes héroes como José María Morelos y Vicente Guerrero, se emprendió una gran pelea que costó mucha sangre, pero que glorificó a nuestro pueblo.

Otros ejemplos del gran patriotismo que hay en cada mexicano se pueden ver en la guerra de Reforma, liderada por Benito Juárez, la magna figura patriótica de nuestra historia, también está Francisco I. Madero, quien sentó las bases de un México democrático; e inclusive, los estudiantes del movimiento de 1968 que salieron a gritar a las calles en defensa de sus derechos y de todos los mexicanos.

Lamentablemente, ese patriotismo, ese coraje que alguna vez fue nuestra característica, se ha adormecido, a tal punto que muchos podrían considerarlo ya inexistente.

¿Las razones? Los gobiernos, a excepción de unos cuantos, han tomado la actitud de “padres”, de “papá gobierno”, el que cuida de todos sus hijos, el que procurará su bienestar, o al menos, en apariencia, eso nos han hecho pensar. Hay que imaginarnos a nuestro pueblo, actualmente, como aquel padre de familia que, con tal de que su bebé deje de llorar, le compra algún juguete o alguna golosina, que por supuesto, no le durará toda la vida, y el hijo, momentáneamente, se tranquiliza, y la historia se vuelve a repetir cayendo en un círculo vicioso sin fin.

En eso se ha convertido nuestro país, en un bebé que llora y que es sosegado con alguna clase de entretenimiento, y esta es, la televisión, diversión pasajera, vacía, sin enriquecimiento intelectual, mientras el gran padre, es decir, el gobierno y los empresarios, a nuestras espaldas hacen lo que les conviene a ellos y a sus aliados capitalistas y/o neoliberales.

El mexicano ha caído en el conformismo, en una zona de comodidad, donde a nadie le gusta ser molestado. Ese adormecimiento nos ha llevado a una involución, los ricos se hacen más ricos haciendo más pobres a los pobres, negándoles el derecho al bienestar que les corresponde, pero lo peor es que esos mexicanos lo permiten. En su libro La sucesión presidencial en 1910, Francisco I. Madero nos decía: "En los atentados contra los pueblos, hay dos culpables: el que se atreve, y los que permiten".

Nosotros hemos permitido que el capitalismo invada nuestro país, nosotros mismos también tenemos parte de la culpa por lo que está pasando en nuestro México. Es por ello que, como Nación, debemos recuperar ese entusiasmo que nos definía en nuestros orígenes, entender que como mexicanos somos más fuertes e inteligentes de lo que otros países nos consideran, y de lo que nosotros mismos nos consideramos.

¿Cómo? Ya es tiempo de emprender una lucha verdadera, no usando bombas o armas y mucho menos atentar contra la vida de otras personas. Esta debe ser una lucha intelectual, que se debe pelear en otro tipo de arena, una lucha de ideas, una lucha de conocimiento. Los que tenemos la fortuna de contar con acceso a libros, internet, redes sociales, los que trabajan con grupos de personas como los maestros, comunicadores, etc., debemos usar el poder de la palabra para convencer a cada uno de nuestros compatriotas de despertar de ese letargo al cual nos ha llevado el gobierno y en el que nos hemos dejado caer.

Los que tengamos conocimiento de la verdadera situación que atraviesa nuestro país debemos hacer uso de todos nuestros recursos para difundir ideas, situaciones, injusticias, expresándonos sin temor a nada, alejar a nuestra gente del televisor, convencer al amigo, al pariente, al cliente, al alumno, de que nuestra realidad es muy diferente a la que nos muestran.

En estos tiempos modernos no nos podemos quedar detrás de otras naciones que han emprendido, precisamente, luchas pacíficas que beneficiaron a la gente más necesitada, donde todos han salido ganando.

Cada uno de nosotros debe contagiar de entusiasmo a todos aquellos que han sido desencantados por la difícil situación económica, que han sido envenenados y ahora creen que no tienen derecho al progreso, repliquemos la actitud de Hidalgo, de Morelos de que tenemos derecho a la libertad y no ser esclavos ahora del capitalismo, la actitud de Juárez para convencer de que nuestro país es eso, nuestro, de Madero, que tenemos la libertad de elegir quienes nos gobiernan y cómo nos gobiernan.

En las próximas elecciones... convenzamos a los demás de votar con entera libertad y sobre todo con responsabilidad para el bien de nuestro futuro, el de nuestros hijos y de muchas generaciones que vienen detrás, si no luchamos ahora de forma pacífica, entonces ¿cuándo? A partir de ahí, emprendamos un camino hacía el bienestar.

Nuestras convicciones pueden más que los políticos y empresarios corruptos que nos quieren controlar, simplemente hay que despertar a ese guerrero mexicano para que luche de forma pacífica por sus ideales, por lo que le corresponde por derecho, el mexicano no puede más estar mendigando ni conformándose con migajas, el mexicano, al igual que todo ser humano, tiene derecho a la paz, al bienestar económico, a progresar, y todos estos derechos ya es tiempo de recuperarlos, que va a costar trabajo y tiempo, eso es seguro, pero si de algo estoy convencido, es que llegará el día en podamos decir: los mexicanos somos felices, y luchamos por ello sin perjudicar a nuestro prójimo.

No basta con creer que podemos lograrlo, hay que estar seguros de poder lograr ese despertar mexicano.

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Fragmentos del ensayo "YO ALUMNO; YO MAESTRO" de Luis Aldana (Luis Antonio Fernández Aldana) para el curso "La Actitud: Base Estratégica para mi Cambio y Desarrollo" impartido en la Universidad del Valle de México Campus Puebla.

24 de Marzo del 2015.

***

Cada empresa, sea cualquiera el giro al que se dedique y sin importar el tamaño que tenga, cuenta con una misión, una visión, objetivos a seguir. Esos objetivos no los puede cumplir únicamente el dueño o director, sino que hay un grupo de personas que ayudan a conseguirlos, cada uno de ellos tiene una responsabilidad, hay responsabilidades compartidas, todo debe trabajar de forma armoniosa, generar sinergia.

Cuando en una empresa o institución no existe esa sinergia, cuando cada uno camina con rumbos diferentes, cuando cada quien trabaja bajo su propio interés y no por el interés común, estamos hablando de una debacle laboral inminente, de una falta de liderazgo dentro de la empresa.

Uno de los tratados por excelencia que se puede aplicar de manera análoga a las empresas es el de Nicolás Maquiavelo, El Príncipe. Un pequeño libro que debería leer cualquiera que se llame líder o tiene aspiraciones para serlo, no importa que sea político, empresario o empleado, un libro como este de más de 500 años puede ser de mucha utilidad si se usa con prudencia y se adapta a nuestros tiempos complementándolo con otras estrategias visionarias, como las de Steve Jobs, fundador de Apple.

No concuerdo con la visión de Nicolás Maquiavelo para hacer la guerra o reprimir a los pueblos, solo creo que sus principios se pueden adaptar a los tiempos actuales en el mundo empresarial, laboral y, por supuesto, el político.

Todos tenemos responsabilidades, pero pocos son los que las asumen, en cualquier contexto. El asumir o no esas responsabilidades nace desde la familia, con la educación que recibimos de nuestros padres y se refuerza en las aulas.

En el ámbito laboral es algo similar. Dentro de nuestro trabajo nuestros jefes, líderes y nuestros propios compañeros de trabajo se vuelven nuestros “padres o maestros laborales”, con ellos convivimos casi a diario, a veces los vemos más que a nuestras propias familias, de ellos aprendemos nuevas actitudes, sean positivas o negativas, de ellos adquirimos nuevos conocimientos o reforzamos los que ya tenemos.

Por ello, todo esto se vuelve una responsabilidad compartida, que todos deberíamos asumir. ¿En verdad apoyamos a nuestros compañeros de trabajo para cumplir con el objetivo de la empresa para la cual trabajamos? ¿Estamos conscientes de que, al ayudar a nuestros compañeros nos ayudamos a nosotros mismos? ¿Asumimos nuestras responsabilidades y ayudamos, con el ejemplo, a los demás para que asuman las suyas?

Hace algunos años tuve la fortuna de impartir clases en bachillerato, un nivel muy difícil, donde los adolescentes se creen dueños del mundo, en algún momento entendí que para poder educar, yo debía mostrarme como una persona educada, “predicar con el ejemplo”, prepararme para poder enseñar, aconsejar y hasta para consolar. Entendí que, (parafraseando a Paulo Coelho en su libro Reflexiones diarias) aprendí mucho con los maestros, más con los compañeros y todavía más con los alumnos. Este fue un cambio de actitud en mi persona que le dio un giro de 180° a mi vida, que me hizo comprender que, ayudando a otros puedo ayudarme a mí mismo, a los demás y a la empresa para la cual colaboro.

Como compañeros de trabajo debemos asumir el rol de “maestros”, del “Yo maestro”, estamos en esta vida para enseñar y aprender, en nuestro entorno laboral debemos enseñar con el ejemplo, a contagiar el cambio de actitud que nosotros logremos como personas, apoyar a los demás para que asuman sus responsabilidades.

Las escaleras se barren de arriba hacia abajo, si queremos cambiar de actitud los que estamos “abajo”, se debe empezar por los de “arriba”, es decir, por nuestros líderes. Un gran ejemplo de líder fue Steve Jobs que, aunque fue estigmatizado como arrogante, dejó un legado impresionante no sólo en el escenario tecnológico, sino en el empresarial y laboral. Uno de sus principios, y creo uno de los más importantes, fue el de vivir más experiencias, en su famoso discurso de la Universidad de Stanford, hizo énfasis en la importancia de mirar continuamente alrededor para ampliar el número de nuestras habilidades, asumir el rol del “Yo alumno”, Jobs decía que “cuantas más experiencias tengamos, más y mejor podremos enriquecer nuestro trabajo”. Así, de esta forma, ese gran líder era, al mismo tiempo, un maestro y un alumno.

Por su parte, Nicolás Maquiavelo afirmaba que “un príncipe (un líder, un empresario o empleado, cualquier persona) no debe tener otro objetivo, ni otra preocupación, ni debe considerar como suyo otro estudio que el de la guerra (su misión, visión, objetivo, metas), su organización y su disciplina. Porque éste es un arte necesario exclusivamente para quien manda (mandar en nuestra vida, trazar nuestros caminos)” y que “el que no coloca los cimientos con anticipación podría colocarlos luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar el edificio”. Aquí hay dos puntos importantes que son necesarios en la vida laboral y empresarial, no perder de vista nuestros objetivos y establecer bases sólidas para consolidarlos.

En una empresa, y como personas, debemos tener esos dos puntos focales, el sentar los cimientos para cumplir nuestros objetivos (Maquiavelo), lo que se puede lograr buscando las mayores experiencias para enriquecernos (Jobs, el Yo alumno) para, finalmente, enriquecer a los demás con nuestros conocimientos, habilidades y actitudes positivas (el Yo maestro).

Para finalizar, me gustaría citar el artículo “Alta efectividad laboral con espiritualidad y conciencia” de Andrés Ubierna, quien nos comenta que “el liderazgo tiene que ver con la conciencia de que somos todos generadores de realidades y no simples espectadores ni víctimas de circunstancias… tenemos la capacidad de influir en el mundo, reconociendo y ejerciendo nuestro rol en el equipo de creadores. Pero acceder a nuestra capacidad de liderar requiere visión, práctica, esfuerzo, reflexión y un alto compromiso con la humanidad y sus valores. Responder preguntas como ¿para qué estoy en el mundo?, ¿cuál es el sentido que quiero darle a mi existencia?, ¿qué clase de persona quiero ser?”.

Aprender y compartir, nunca dejamos de ser alumnos y nos convertimos en maestros.

Aprender de nuestras experiencias, busquemos cosas nuevas, analicémonos a nosotros mismos para saber dónde estamos, si estamos bien, si estamos donde queremos, si los objetivos que nos planteamos alguna vez los hemos conseguido y si no, reflexionar para estar conscientes de qué es lo que nos falta, en qué paso vamos, qué actitud debo cambiar, qué decisiones nuevas debo tomar y llevar a la práctica. Aprender de los líderes de hoy y de antes, saber cómo lograron ellos lo que lograron.

Compartir experiencias, conocimientos, dejar a un lado el egocentrismo para servir como ejemplo a los demás, contagiar el entusiasmo y nuestras actitudes positivas. Ser conscientes de que todo lo que hacemos o dejamos de hacer influye en todos los demás, para bien o para mal.

Debemos asumir nuestro rol de alumnos, seguir aprendiendo, buscando nuevas experiencias y una vez adquiridas compartirlas, enseñarlas para que las nuevas generaciones sean influidas de manera positiva y, de la misma forma, contagiar a nuestros compañeros de trabajo, incluyendo a nuestros jefes de lo aprendido y de lo bueno que tenemos como personas.

Tal vez sea muy difícil lograr un cambio de actitud positivo en nuestros compañeros de trabajo, sin embargo, siempre he creído que cuando hay voluntad, cualquier cosa es posible, y seguramente no lo logremos a la primera, por ello debemos ser insistentes, hasta tercos para poder lograr esa meta. Si una persona puede lograr esto, todos los demás también pueden.

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